La innovación es la fuerza impulsora del cambio no rutinario.Toda persona, empresa, gobierno o la sociedad en
su conjunto está permanentemente inmersa en un proceso de cambio por el simple paso del tiempo. Pero esa
transformación inevitable, reproduce no sólo comportamientos propios del envejecimiento de individuos o instituciones, sino también alteraciones físicas o de comportamiento más o menos profundas.
La innovación es todo un proceso complejo de creación y transformación del conocimiento adicional disponible,
en nuevas soluciones para los problemas que se plantea la humanidad en su propia evolución. En términos económicos, la innovación supone nuevos empleos, nuevos mercados de bienes y servicios, nuevas formas organizativas y, en último término, la posibilidad de un mayor crecimiento y de niveles de vida más elevados.
No debe confundirse innovación con invención. Inventar supone avanzar en el conocimiento, tal como puede
hacer un investigador en un laboratorio. Innovar exige añadir a cualquier invento una capacidad para ser utilizado,
cubriendo así necesidades efectivas de la sociedad. Sin transformación del invento en un nuevo producto,
en una nueva tecnología productiva u organizativa y su aceptación por los usuarios potenciales, no existe
innovación.
Conseguir mayor productividad va de la mano de la innovación tecnológica, de procesos, organizativa y social. Pero es que hoy nadie puede dudar que sin mejoras en la productividad, no existe la posibilidad de elevar (en forma mantenida) las retribuciones salariales en una empresa o el nivel de vida de un país. Por supuesto, hay otros condicionantes del nivel de vida, como el mayor o menor envejecimiento de la población, la proporción de personas que trabajan entre las potencialmente activas o las tasas de desempleo. Para un país en vías de desarrollo, con salarios, precios bajos y niveles de productividad relativamente reducidos en comparación con el mundo desarrollado, el aumentar la producción por empleado (la productividad del trabajo) puede ser un objetivo en sí mismo. Mayores niveles de productividad del trabajo es habitual que terminen generando no sólo un PIB más elevado, sino también nuevos empleos a pesar de que esas mejoras de productividad conducen, por definición, a producir lo mismo con menos empleo. Mayor productividad genera menos empleo para un crecimiento dado del PIB. La clave de futuro está en que esas mejoras productivas son el elemento conductor de mayores ritmos de crecimiento en la producción de bienes y servicios, tanto en el mercado interno como en los mercados internacionales. De esa forma se hace compatible mayor productividad, empleo más elevado y un nivel de vida mejorado por ambas vías. Pero en el caso de países desarrollados, el nivel previo ya alcanzado de productividad ha conducido a salarios elevados. En estos países, el liderazgo mundial no puede basarse ya en bajos salarios y bajos costes, sino en un liderazgo en productos innovadores de alto valor Sin perder de vista la contención de costes y precios necesaria para no perder competitividad internacional, (lo que sigue exigiendo mejoras continuadas de productividad), es preciso ir más lejos apoyándose en un amplio proceso de innovación.
Fuente: http://www.n-economia.com
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